¿Sabes por qué tomamos zumo de naranja en el desayuno?

Si hay alguien responsable del hecho en cuestión no es más ni menos que el bioquímico Elmer McCollum que alrededor de 1920 se dedicó a promocionar las maravillas de las vitaminas a la hora de alargar la vida y curar todo tipo de dolencias, mostrando los efectos devastadores que la falta de vitaminas producía en ratas de laboratorio.

Y  como no hay nada más efectivo para aumentar las ventas de un producto que usar la muerte o el sufrimiento como señuelo, su labor rápidamente fue aprovechada de forma muy inteligente por los productores de fruta agrupados en la «National Fruit Growers Exchange» lanzaron una campaña publicitaria que enfatizaba la necesidad de beber un vaso de zumo de naranja a diario para obtener vitaminas, sales y ácidos imprescindibles para mantenernos vivos.

En los años 20 el conocimiento sobre el metabolismo humano, tenía sus limitaciones (aún hoy las tiene) y McCollum usó lo que él mismo denominó «acidosis» a una enfermedad que causaba fatiga y cansancio provocada por el consumo de carne, huevos y pan, que eran productores de ácido. Para evitarla aconsejaba comer muchas frutas cítricas y lechuga. Alimentos, según él, capaces de transformarse  de ácidos a alcalinos en el estómago.

Los productores de fruta usando esa idea, incitaban a tomar zumo de naranja siempre que se pudiera, asegurando que «no había problema de pasarse de cantidad».

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Cuando cerca del año 1934 los científicos comenzaron a explicar que la acidosis (cetoacidosis diabética) era una afección rara y que tomar naranjas no ayudaba a prevenirla ni a curarla, las campañas de marketing se redigieron para centrarse en la importancia de la vitamina C.

Durante la segunda guerra mundial el gobierno estadounidense incluía en las raciones de los soldados unas pastillas de limón con ácido ascórbico, para evitar deficiencias en las tropas, pero el sabor no gustaba. Buscando una alternativa nació el zumo concentrado de naranja en lata que se convirtió en un símbolo de modernidad e innovación, que además sirvió de solución al exceso de producción de naranjas en Florida.

La solución era realmente brillante, se podía alimentar a más gente de forma más cómoda y por menos dinero (en EEUU la fruta fresca suele y solía ser muy cara) y a la vez evitaban la superproducción de naranjas en determinados meses y la carestía en otros.

A esta forma de procesar el zumo de naranja pronto se le unirían el resto de alimentos. Eran 1950 y había comenzado la producción industrial de alimentos, para ello se desarrollan 400 aditivos que ayudarán a mantener los alimentos en perfecto estado. Para la población mundial era muy seductor el hecho de poder disponer de algunos alimentos aún fuera de temporada a la vez que se ahorraba mucho tiempo de preparación

 En 1960 la FDA comenzó a regular el etiquetado de estos productos debido a que llamaba la atención leer la palabra «fresco» en alimentos que se almacenaban durante meses y a los que habitualmente se les añadía azúcar o agua.

La idea de que un zumo de naranja es una bebida sana y natural está tan sumamente arraigada en nuestro subconsciente colectivo que cuesta muchísimo hacer entender, por ejemplo, que contiene la misma cantidad de azúcares que una lata de refresco, un detalle que es importante en una sociedad en la que las cifras de diabetes y obesidad son cada vez más preocupantes y que para quienes las sufren comenzar el día tomando un «saludable» zumo de naranja puede, sin duda, no ser lo más conveniente.

Más información:
Fear of Food: A History of Why We Worry about What We Eat
Squeezed: What You Don’t Know About Orange Juice
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